Llamar a alguien en una conversación “facha”, “mal educado” y decirle “que se vaya para España” (tres o cuatro veces, en menos de media hora) porque uno es castellanoparlante y no se sabe expresar en catalán puede ser algo arriesgado, sobre todo, cuando no se conocen las particularidades de esa persona. Puede uno incurrir en un error de bulto elevado a la enésima potencia.
Si eso lo dice un cazurro, ignorante y analfabeto con las luces justas para llevarse la cuchara del plato a la boca tampoco tendría mayor transcendencia pero cuando quien lo dice es una persona de clase alta, es profesor universitario, es una persona muy viajada, que ha publicado libros y que es líder y/o miembro muy activo de diversos movimientos sociales, entonces, no queda más remedio que abordar el tema y matizar la cuestión...
Valga decir, que no todo el que sólo es castellanoparlante es por eso mismo anticatalán o anticatalanista. Ni tampoco andaluz o castellano. En este caso, la persona en cuestión es catalana, objetiva, social, sentimental e intelectualmente hablando, posiblemente tanto o más que el interlocutor de referencia. Tampoco se puede presumir que todo el que no sabe hablar catalán es porque no ha querido aprender, aceptando, ya de entrada, que sí es verdad que hay personas que se han negado a aprender catalán, incluso habiendo nacido en Catalunya: ni son todos los que sólo son castellanoparlantes, ni siquiera la mayoría.
Quizá, quien se ha educado en los colegios de la élite no puede comprender determinadas vicisitudes de quien se ha criado en una chabola y ha aprendido a leer y escribir a partir de los 15 años en el idioma que en ese momento era el oficial en Catalunya y que además era su propio idioma materno, es decir, el castellano. Igual, también cuesta comprender que hay personas para las cuales, por déficits personales, aprender un idioma nuevo a partir de según que edad les es complicado y, en algunos casos, casi imposible independientemente de la voluntad del sujeto en cuestión.
Y se puede incurrir en un error de bulto porque puede ser que esa persona siendo sólo castellanoparlante se considere a sí misma catalán y que por ello se haya pasado media vida discutiendo con emigrantes, e incluso, con catalanes de nacimiento como él, que sí son anticatalanistas y que sí se han negado a aprender catalán. También, puede ser que esa persona haya hecho, y siga haciendo, esfuerzos para seguir aprendiendo el idioma natural de Cataluña... a pesar de todas sus limitaciones personales (que las tiene).
Y se incurre en un error (social e intelectual) monumental cuando se pretende convertir el idioma en el banderín de enganche de una supuesta identidad nacional: la raza, el color, el idioma, el sexo, el género o cualquier otra condición social no pueden aceptarse como monedas de intercambios tribales. Más aún, cuando la propia cultura catalana, como las de nuestro entorno, tiene sus fundamentaciones más arraigadas en la Revolución Francesa o en la Declaración Universal de Derechos Humanos (por no hablar de constituciones o estatutos). Aunque sólo sea por lógica, por coherencia racional o por “sentido común” uno se identifica mucho más con las personas que piensan o actúan de modo semejante, hablen el mismo idioma o hablen un idioma diferente. Lo normal es que uno se identifique más con personas que tienen una escala de valores similar que con quienes tienen unos valores contrarios aunque tengan un idioma común.
Mayor aún, y mucho más grave, puede ser el error cuando las diferencias en en el uso de una o varias lenguas se plantea en forma abstracta y totalmente descontextualizadas de las cuestiones sociales, osea, de clase o casta, dando a entender que son cuestiones de carácter natural y no sociales, económicas y políticas. Un profesor de universidad en el campo de la sociología no puede obviar este tipo de análisis. No es de recibo pasar por alto el uso que se ha hecho del tema lingüístico para consolidar determinadas diferencias sociales (antes unos y ahora otros). Sí alguien tiene alguna duda al respecto sólo tiene que comparar los porcentajes de fracaso escolar en función de parámetros como el idioma materno y el barrio o zona de residencia de los últimos 20 años. Se podrá comprobar con asombro como mientras la media de fracaso escolar en Catalunya se sitúa entorno al 30-35% hay zonas donde se ha llegado al 60-70% mientras que en otras ronda el 15-20%. ¿Casualidad? ¿Mala suerte? ¿O mala leche?
Creo que ya es suficientemente duro para todas las personas que siendo catalanas o “emigrantes” y que por no dominar el nivel X de catalán sólo puedan acceder en el espectro socio-económico a los lugares propios de la mano de obra barata, de trabajos poco cualificados o de pura explotación (independientemente de su cualificación profesional) como para encima ser insultados o excluidos en lo social amplio.
Podría dar bastantes argumentos sobre las partes interesadas en el conflicto, sobre diferentes intereses políticos y económicos que juegan sucio a un lado y al otro del tablero, sobre ciertos medios de comunicación que operan cual quinta columna de avanzadilla creando malestar y enfrentamientos. Pero en este momento no es la importancia capital del conflicto político, económico y mediático lo que quiero resaltar aquí sino la necesidad de que personas intelectual y socialmente comprometidas con una sociedad progresista no caigan en ese entramado de juegos sucios, de perversos discursos interesados y complementarios los unos respecto a los otros.
Invito a la reflexión y al debate. Se que es un tema que suele remover las vísceras pero por responsabilidad debemos imponer el seny, la cordura y la buena voluntad y no dejarnos llevar ni por las emociones ni por discursos aparentemente progresistas pero con un fondo que excluye y sataniza a un sector importante de la población tanto catalana como no catalana.
Caminem...
¡Visca Catalunya, visca els catalans!
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