
Serían sobre las doce o la una de la noche del mes de julio de un verano cualquiera cuando de regreso a mí casa me encontré a tres niños de entre 5 y 10 años que estaban durmiendo en la acera. Los conocía de vista pues eran vecinos míos. Les pregunté qué estaban haciendo durmiendo en la calle y me respondieron que su padre los había echado de casa a dormir a la calle. Pensé en llamar a los Mossos pero sabía que eso me iba a traer problemas personales bastante serios. Yo conocía al padre y no tenía ninguna duda que aquello podría acabar en un drama. Las dudas me corroían. El padre de las criaturas era un auténtico animal y el tío de las mismas un mafioso con muchos más contactos y más influencias de las que yo podría tener en varias vidas. Dudas y miedo, miedo y dudas me embargaban. ¿Qué hacer? ¿Qué no hacer? Entré en mi casa y empecé a valorar la situación; al cabo de unos quince o veinte minutos volví a salir a la calle y los niños ya no estaban, supuse que estarían en su casa. Me “olvidé” del tema...
Varios días después, sobre las cuatro de la mañana, me despertó el ruido de alguien que golpeaba la puerta. Cuando abrí la puerta me encontré a los niños ya mencionados que me pedían que les ayudase: comentaban que alguien había intentado entrar en su casa y que tenían miedo. Les pregunté por sus padres y me dijeron que estaban solos, que sus padres no estaban. Por los comentarios de los niños supuse más o menos lo que podía haber pasado, pues yo soy del barrio y conozco el ambiente.
Me armé de valor y los acompañé a su casa, al entrar, la impresión que recibí me dejó mal herido (al menos moralmente). Se trataba de una chabola miserable que no reunía los mínimos de salubridad o habitabilidad. En ese momento tomé conciencia cabal de la situación de esos niños. Mientras yo intentaba tranquilizarlos vi como habrían un paquete de macarrones y se los comían tal cual, crudos y en seco. También comprendí que los chavales estaban hambrientos y, al mirarlos atentamente, no tuve dudas de que estaban bastante desnutridos. ¿Por qué me tenían que pasar estas cosas a mi? Pensaba yo para mí...
Al día siguiente me dirigí a los servicios sociales de la localidad (Sant Vicenç dels Horts) y le expliqué al asistente social que me atendió lo que me había sucedido. Cuál no sería mí sorpresa al escuchar la contestación del “mercenario” que me sugirió que volviera en septiembre ya que estábamos en periodo estival y casi todo el mundo estaba de vacaciones. Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Le insistí sobre la situación de los chavales y él volvió a repetirme que hasta septiembre no había nada que hacer... Volví a insistirle y me remitió a que fuese a los Mossos d'Esquadra y denunciase allí la situación. Lo que este “mercenario” no sabía es que yo estaba trabajando en los servicios sociales de otra localidad y a mí no podía venirme con cuentos de ese tipo. Le pedí el número de colegiado y se negó a dármelo. Entonces, le planteé el siguiente dilema: tienes 24 horas para buscar una solución; si en 24 horas no le dais una solución a este tema te denunciaré, primero, en el juzgado de guardia y, después, en tu colegio profesional. Y me marché sin más. A los dos días una dotación de los Mossos d'Esquadra visitó la casa de estos “menores” y valoraron la situación de desamparo en la que se encontraban. Los chavales fueron internados en una residencia de menores y a los padres les retiraron la guardia y custodia de los mismos.
En aquel momento pensé sinceramente que eso era lo más adecuado para los chavales aunque algunos años después me asaltaron las dudas. Especialmente después de haber trabajado en un centro residencial de menores... pero esta es otra historia.
Esta experiencia me hizo ser mucho más sensible a la insensibilidad institucional y de muchos de sus mercenarios (no podemos llamarlos profesionales) que en vez de cumplir con sus obligaciones se desentienden del sufrimiento humano con una frialdad que, como señalaba Hannah Arendt, marca definitiva y cruelmente la banalidad del mal.
2 comentarios:
Una cosa es lo legal y otra lo moral. Tristemente solemos refugiarnos en lo legal para evadir nuestras responsamilidades.
Lo peor de todo es que no creo ni que tuvieses mala suerte. En muchos hospitales suele pasar parecido. Imagino que es una mezcla de vileza y una forma de desconectar de la realidad para que no nos haga sufrir.
Saludos.
Logos, un saludo desde BCN y gracias por el comentario.
Creo que es precisamente ese mecanismo que comentas para desconectar el que de alguna manera habilita lo más banal de nuestros comportamientos en medio del mismísimo drama del mál nuestro de cada día.
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